Las circunstancias—la fuerza del sino, que dijo el poeta—han hecho que el Congreso Internacional de Escritores, celebrado el mes de julio en Madrid y en Valencia, haya tenido una significación, y más que una significación, una justificación que ninguna asamblea de literatos podrá alcanzar ordinariamente.
Otras reuniones de escritores ha habido y habrá más brillantes, más literarias en sus disertaciones, o de mayor interés, más intelectuales en sus debates; pero ninguna mejor que ésta podrá nunca realizar el propósito con que fué convocada.
Después del individualismo a que ha llevado la literatura—al lector y al escritor—en el siglo pasado, todo Congreso de escritores tiene que parecer en seguida dirigido a perderse en el terreno vago de lo improbable; pero las catástrofes espirituales de nuestro siglo, el fracaso de nuestra civilización, han despertado el deseo de nuevos concilios, posibles academias y renovados banquetes.
El Congreso convocado en España no podía alentar más que un propósito: el de que los hombres que tienen «por razón de ser las realidades del espíritu» dijesen, aunque sólo fuera un momento: ¡presentes!, a los soldados de la transformación del mundo real. El Congreso, sobre todo en Madrid, sólo podía ser un acto de guerra.
Por ahora se ha perdido la medida de todas las cosas, mucho más si esta medida es el hombre; es decir, que se está en guerra, en la verdadera guerra europea, de la cual la gran guerra fué—con toda su enormidad—únicamente el comienzo. Guerra sin cuartel y sin neutralidad. El escritor que no hace política, hace esta guerra.
El Congreso en su totalidad ha realizado más que literariamente, vitalmente, el propósito que lo convocó. Pasado el Pirineo, se encontró en la España tachada de caótica con una gran ciudad europea de vida normal: Barcelona. Reconoció la España venerable y romántica en Gerona y en Tarragona; la España de luz y de sombras, en Peñíscola, que es—hecho realidad—un cuadro de Picasso. En Valencia recibió el saludo de la República.
Y fué en Madrid donde los escritores que tienen por razón de ser las realidades del espíritu destinadas a transformar el mundo real, vivieron la primera noche lo que iban buscando, la transmutación del viejo adagio europeo: «la letra con sangre entra». Caían en las calles las granadas fascistas, las que vienen a meter la letra con sangre. Contestaban los cañones republicanos que defienden—o fracasarán aunque triunfen si no lo defienden—la libertad del pensamiento. Esta vez no es una metáfora: la letra sale con sangre. Con sangre del pueblo, de todos los pueblos que luchan en Madrid.