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ACTA · DELEGACIÓN ESPAÑOLA

Ponencia Colectiva

Leída por Arturo Serrano Plaja en el II Congreso (1937)
Firmantes: A. Sánchez Barbudo, Ángel Gaos, Antonio Aparicio, A. Serrano Plaja, Arturo Souto, Emilio Prados, Eduardo Vicente, Juan Gil-Albert, J. Herrera Petere, Lorenzo Varela, Miguel Hernández, Miguel Prieto, Ramón Gaya.

Tal vez resulte extraño o lo que es peor, artificial y forzado ante vosotros, que tanto significáis y tanto significa vuestra noble actitud al venir a España; tal vez resulte extraño o artificial, repetimos, el hecho de que queramos manifestarnos como lo hacemos, en grupo, en común. Por eso antes de seguir adelante queremos explicar con toda claridad el cómo y el por qué de esa serie de nombres que aparecen encabezando estas palabras.

Y resulta que, cuando hubimos de reunirnos para decidir o no nuestra participación activa en el Congreso, independientemente de que esta participación, luego de acordada por nosotros, fuese o no aceptada; cuando pensamos discutir quién de entre nosotros podría, llegado el caso, representarnos; cuando buscábamos, en fin, la forma más coherente y adecuada para sentirnos representados como era nuestro propósito y aspiración en este Congreso, que tanta importancia ha de tener para la cultura, en general, y, en particular, creemos, para la cultura española, surgió de un modo absoluto y literalmente espontáneo este criterio de hacerlo colectivamente, ya que colectivos y comunes eran nuestros puntos de vista en todas las cuestiones que nos parecieron más esenciales y objetivas.

Siendo así, como real y verdaderamente ha sido, nada se oponía a que en común fijásemos y discutiésemos nuestros puntos de vista, a que en común trazásemos las directrices que cada uno de nosotros, individualmente, había pensado como fundamentales en torno a los problemas de nuestra cultura, amenazada por el fascismo y a que, común y colectivamente, en fin, se manifestase nuestra voz en este Congreso.

Hecha esta aclaración, nadie puede pensar—si acaso había alguien que lo pensaba—que nuestro propósito ha sido inspirado en otro torpe, fácil y demagógico, de querer presentar externamente unido, por originalidad, por falso colectivismo hábilmente preparado, lo que interiormente era disgregado y distinto.

Y esto que es así, este hecho de sentir verídicamente unido ante algo y para algo lo que pudo ser o ha sido tan distinto y disperso en otras ocasiones, saltando por encima de nuestro personalismo, es ya alguna de las muchas cosas que la revolución, la extraordinaria lucha que mantiene nuestro pueblo, del que nos sentimos inefablemente orgullosos, nos regala y nos afirma como un primer punto de exaltada preferencia. Porque lo que menos importa ya es el hecho en sí mismo de que este grupo, este total, absolutamente integrado, no sólo por distintos significados de sensibilidad, no sólo por distintas concepciones de nuestra profesión y decidida vocación de artistas, escritores y poetas, sino por individuos que, como procedencia social, puedan marcar distancias tales como las que hay entre el origen enteramente campesino de Miguel Hernández, por ejemplo, y el de la elevada burguesía refinada que pueda significar Gil-Albert; lo que importa, verdaderamente, es la profundísima significación que muy por encima de nosotros tiene ese mismo hecho referido a la totalidad española y que es el siguiente: ante la guerra, ante la lucha de nuestro pueblo por mantener como enunciado primordial de su contenido su independencia nacional, todo cuanto no es contraespañol, todo cuanto no sea traición malvendida al capitalismo sin patria, todo cuanto no sea bursátilmente contrahumano, diríamos se siente hoy, en España, uno y lo mismo, ante el hecho mismo de la Revolución.

Pero, además, aparte este hecho que hoy no sólo nos une para problemas estrictamente culturales, "si es que es posible entender por cultura una categoría definida, estrictamente cultural y al margen de los hechos vivos, reales y diarios", humanamente pretendemos que hay entre nosotros otros nexos de unión de tal índole, que son los que verdaderamente nos autorizan, por más que no sean por entero producto de nuestra propia voluntad para hablar hoy aquí. En su conjunto podríamos expresarlos al decir: somos distintos y aspiramos a serlo cada vez más, en función de nuestra condición de escritores y artistas, pero tenemos de antemano algo en común: la Revolución española que, por razones de coincidencia histórica, nace y se desarrolla simultáneamente con nuestra propia vida. O mejor: nacemos y nos desarrollamos simultáneamente con el nacimiento y desarrollo de esa Revolución. En las trincheras se bate, de seguro, la gente que tiene nuestra misma edad, en mucha mayor proporción que otra cualquiera. Y si por el momento nosotros mismos no estamos allí, no quiere esto decir que no hayamos estado unos, que no vayamos a estar de modo inmediato otros, y que no hayamos vivido, todos, en plena, consciente, disciplinada e incondicional actividad, los dramáticos momentos de nuestra lucha. No queremos con esto hacer, ni hacemos, naturalmente, monopolio de la heroica voluntad de lucha de todo el pueblo español. Pero sí queremos decir, con todas esas razones, que tenemos, no ya un derecho, sino que nos consideramos con el deber ineludible de interpretar, con nuestro pensamiento y sentimiento, el pensar y el sentir de esa juventud que se bate en las trincheras y que ardientemente reclamamos, por nuestra, en la misma medida, y con la misma pasión con que nosotros nos consideramos suyos: de esa juventud, y listos para estar con ella dónde, cómo y cuando sea, sin alardes inútiles, sin prematuro heroísmo, sino serenamente, como esa misma juventud a la que por destino pertenecemos.

De esa juventud que, en ese sentido, es la nuestra (y que podríamos determinar como la juventud de la República, la juventud que en más o en menos presta su servicio militar en el histórico período en que se proclama por segunda vez la República española), tomamos alto ejemplo e inolvidable lección, y sólo estimaremos nuestro fin conseguido en la medida en que sepamos devolver a esa juventud, cuando ya no lo sea, en nuestra obra futura, en forma de creación artística y literaria, los mismos valores humanos que con su acción enaltecedora, en su caliente sangre generosa nos afirma hoy en la actuación, ya que no podemos decir aun obra que nos defina.

Porque al decir antes que tenemos algo en común—la Revolución—, no aludimos solamente a la lucha actual del pueblo español, a la lucha armada que comienza el 18 de julio de 1936, sino a la totalidad histórica del fenómeno, que alcanza sus máximas dimensiones, su dramática plenitud, en la lucha actual del pueblo español contra el fascismo internacional. Pero esta lucha, naturalmente, no se produce, como nada en la historia, de un modo súbito, casual e inesperado, sino que ha venido fraguándose lentamente.

La revolución no es solamente una forma, no es solamente un símbolo, sino que representa un contenido vivísimamente concreto, un sentido del hombre, absoluto, e incluso unas categorías, perfectamente definidas como puntos de referencia de su esencialidad. Y así, para que un arte pueda llamarse, con verdad, revolucionario, ha de referirse a ese contenido esencial, implicando todas y cada una de esas categorías en todos y cada uno de sus momentos de expresión; porque si no, hay que suponer que el concepto mismo de la revolución es confuso y sin perfiles y sin un contenido riguroso.

Nosotros declaramos que nuestra máxima aspiración es la de expresar fundamentalmente esa realidad, con la que nos sentimos de acuerdo poética, política y filosóficamente. Esa realidad que hoy, por las extraordinarias dimensiones dramáticas con que se inicia, por el total contenido humano que ese dramatismo implica, es la coincidencia absoluta con el sentimiento, con el mundo interior de cada uno de nosotros.

Pensamos en la función del artista, del escritor, íntima y forzosamente ligada al ambiente que la rodea y en posesión, por el hecho de nacer de un cúmulo de experiencias que el hombre ha conseguido, en otras ocasiones, de un modo definitivo para el resto de la humanidad.

El humanismo que defendemos, el que nace ahora en España, es, por excluir todo eso, más amplio que el otro, y, por su lucha, verídico, viril, renovador, heroico. Es un humanismo, en todo caso, cuya definición exacta y, por así decirlo, teórica, no puede hacerse sino en la medida misma que se producen ciertos hechos empíricos; vivos y diarios que son los que realmente decimos. Porque vive de realidades y no de supuestos, su existencia misma depende de la existencia del hombre como hombre, esto es, liberado de todo cuanto no sea una concepción del mundo en la que el hombre es, ciertamente, el valor esencial.

Por eso nosotros, jóvenes escritores, artistas y poetas, para conquistar esa categoría humana a que aludimos, no sólo, claro está, para nosotros, sino para todos los hombres, declaramos aquí, en un Congreso de Escritores, precisamente, que como escritores y artistas y como hombres jóvenes, luchamos, disciplinada, serena y altivamente, sin demagogia, sin truculencia, allí donde el pueblo español, del que lo esperamos todo, nos diga, a través de sus órganos de expresión democrática, allí donde nos diga el Gobierno Español, que es hoy algo mucho más importante que un gobierno.

Así, con una responsabilidad serena y una consciente y voluntaria disciplina, queremos colaborar con nuestro pueblo a ganar la guerra, a conquistar por ese único hecho, sólo y sencillamente: el hombre.