Dos años nos separan del primer Congreso de Escritores. Como cada Ejército, nosotros hemos tenido desertores. En París fué el desfile. Aquí es la guerra. Allí, nosotros, los escritores, éramos más numerosos; pero aquí, a nuestro lado, trabajan, piensan, luchan los verdaderos defensores de la cultura, el pueblo español.
La cultura no es el inventario de la naturaleza mecánica ni el catálogo de bibliotecas o de Museos. Ni las ciudades, islas de coral. La cultura es el hombre. Es la piedra, el artífice y la estatua. ¿Hace falta hablar de las destrucciones exteriores en el país donde cada ciudad es una herida fresca? Por el pueblo de Hita, que ha dado al mundo uno de los más grandes poetas, Juan Ruiz, merodean los soldados de Mussolini. Al pasar, como quien roba un pollo, roban los manuscritos raros. Las bombas de los aviadores alemanes destruyen el Palacio del Infantado.
El fascismo puede respetar los monumentos antiguos mientras no le molesten. Aspira a destruir la base de la cultura: el hombre. Ha localizado al hombre, como el cañón puede localizar una carretera o una casa. En su lugar pone un maniquí que trabaja, un soldado privado de pensamiento y de sentir. El mal no está en que los fascistas alemanes han quemado en su país decenas de miles de libros, sino en que han transformado el alma de los lectores de ayer. Ellos han hecho de los sabios, de los obreros, de los poetas, los destructores de Guernica. Yo he visto a los italianos derrotados cerca de Guadalajara. Yo he conocido el pueblo italiano antes del fascismo. Con vergüenza y cólera he escuchado el balbuceo servil de los cachorros de la loba romana.
Los milicianos del Quinto Regimiento han salvado, bajo el fuego, a los niños mimados del destino: los Infantes, de Velázquez. Un miliciano ha puesto en salvo los trabajos del oftalmólogo Márquez, en la Ciudad Universitaria. El salvamento del tesoro del Prado será aprobado también por los humanitarios ingleses. Pero, ¿qué pueden hacer los artistas del mundo hipócrita y tranquilo? ¿Qué van a crear ellos entre la miseria dorada del espíritu y el vacío confortable?
El 5.° Regimiento no ha salvado solamente los valores pasados en su lucha heroica; ha creado también los valores del porvenir. La defensa de la cultura no consiste en el salvamento de las cosas creadas. La nueva Guerra de la Independencia inspira un nuevo Goya aún desconocido.
El hombre se oculta de la muerte bajo la tierra. Es rechazado a la época de las cavernas. ¿Qué es lo que ha salvado España aceptando estos combates? El pueblo. La cultura española ha sido siempre popular. El mundo del dinero, de la jerarquía, de la vanidad, no ha llegado a envenenarla. La literatura española era para todos nosotros la lección de lo humano. Ciertamente, los hombres no han cuidado durante decenas de años los olivos para que los obuses arrasen los olivares; ciertamente, la tierra generosa española no ha dado al mundo a García Lorca para que un soldado ignorante lo mate. Pero la guerra no es solamente la destrucción y los cadáveres. España ha encontrado ahora nuevas fuerzas creadoras. Del mundo de las tertulias, España ha pasado a la epopeya.
¿De qué han hablado los escritores en París? De la defensa. La ofensiva, esta palabra, llena ahora España. Que entre también en esta sala. Hay un solo medio de defender la cultura: exterminar el fascismo. Hemos entrado en la época de acción; ¿quién sabe si serán terminados los libros concebidos por muchos de nosotros? Durante años, la cultura estará en los campos de combate. Puede ocultarse en los refugios; allí, más pronto o más tarde será atrapada por la muerte. Puede pasar a la ofensiva.
Debemos cuidar el odio en el corazón de los hombres, para que los vivientes sientan que no se puede existir sobre la misma tierra con los fascistas. Nosotros conocemos la fuerza de los sonidos, de las imágenes, de las palabras. Elevan el alma, hacen nacer el valor. Contemos de la vida bella, sabrosa, con el gusto de la cual el hombre va tranquilamente a la muerte. Contemos la dicha de la fraternidad caliente como la lana. Destruyamos la cobardía.
He ido esta mañana a Brunete y a Villanueva de la Cañada, he visto pueblos libertados por heroicos combatientes. Que esto sea el principio de la liberación de las ciudades, de los países, del mundo.