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ACTA · DELEGACIÓN DE NORUEGA

Nordhal Grieg

Intervención en el II Congreso (1937)

Un escritor antifascista que, desde su país apacible y neutral, llega a la España en lucha, siente la necesidad de probarse a sí mismo y de probar su obra. Su propia insuficiencia le causa entonces un sentimiento de vergüenza. Ve a los hombres en las trincheras que lo dan todo, que viven en un mundo de acción y de muerte, y no puede dejar de pensar que él se ha quedado lejos del peligro con las palabras y la vida.

En España sentirá constantemente lo que seguramente ya ha sentido en otros momentos llenos de amargura y de reproches, que su contribución debe ser infinitamente más grande y más infatigable. Lo que ha visto aquí será como una llaga abrasadora en su conciencia. Cada día que no aporte todas sus fuerzas a la lucha contra el fascismo, tendrá el sentimiento de traicionar a estos hombres que le han entusiasmado por su heroísmo y, en su país neutral, se sentirá un desertor del frente español.

Es el derecho a llamarnos camaradas y hermanos de los combatientes el que nosotros, escritores de los países democráticos, debemos conquistar. Que nuestras palabras vuelvan a ser eficaces, como lo han llegado a ser en España y en la literatura constructiva de la Unión Soviética. Allí, la palabra se ha convertido en acción.

Frente a Madrid, en las trincheras de las primeras líneas de la República, hemos visto escuelas y bibliotecas a cien metros del frente fascista. Las ametralladoras de los moros tiran por encima de las trincheras, mientras que los jóvenes soldados van a la escuela. Es el símbolo del fascismo querer arrebatar al pueblo la posibilidad de una vida más bella. Pero en esas clases ahondadas en la tierra, la palabra desarrolla al hombre, la palabra le hace más fuerte, más consciente, la palabra le abre un porvenir mayor.

Y todas las noches el coche del altavoz sale para el frente, las palabras se oyen a tres kilómetros, los fascistas deben escuchar la verdad. Tiran sobre el altavoz, tiran sobre la verdad. Pero las palabras llegan a muchos de los suyos, les obligan a pensar y frecuentemente les hacen deponer las armas. Las palabras pueden dar la fe al hombre y sembrar la duda entre el enemigo, pueden aproximar la victoria sobre el fascismo.

Para que una palabra tenga potencia, no es preciso que se exprese, sino que llegue a aquellos a quienes puede servir. Nosotros, los escritores antifascistas de los países democráticos, sabemos, o deberíamos saber, que nuestras palabras no van hasta aquellos que deberían servirse de ellas. La mayoría de nuestros lectores son burgueses en quienes nuestras palabras, todo lo más, despiertan algunos pensamientos que inmediatamente vuelven a amodorrarse. Un artífice busca los mejores materiales para su trabajo, pero nosotros, los escritores, ¿lo hacemos?

¿Vamos hasta la parte más maleable, la más prometedora de nuestro pueblo: hasta las masas? La respuesta es que no.