Camaradas: Hubo un tiempo en que yo odiaba al fascismo intelectualmente, por decirlo así. Sus doctrinas, sus actos, todo lo que de él sabía por los libros o por los relatos de los camaradas, me parecía no sólo aborrecible, sino incluso en contradicción con la cultura y con la vida.
Más valía morir que vivir bajo un régimen semejante; valía más dejar mujeres e hijos para irse a luchar a España, que no asistir al envenenamiento del alma y del espíritu de esos hijos, caso de que el fascismo triunfara en Europa. Este odio, camaradas —odio de artista contra la fealdad, odio de intelectual contra la estupidez y la mentira, odio de ser humano contra la crueldad más bestial—, era, pues, bastante fuerte; pero es necesario decir que, al cabo de nueve meses de luchar en España, ese odio ha cambiado por completo de carácter. En lugar de ser cerebral, se me ha metido, por decirlo así, en la masa de la sangre, forma parte integrante de mi ser.
Oir lo que cuentan unos, leer los periódicos, ver las fotografías, es una cosa; tocar con tus propias manos el cuerpo despedazado de una mujer a la que antes has admirado, recoger piltrafas de niños que han estado jugando al lado tuyo, volver a ver, convertida en ruinas, la humilde morada a la que habías sido invitado, es otra cosa.
La guerra totalitaria que nos están haciendo, no sólo supera en crueldad, en brutalidad y en cobardía a cuanto haya visto nunca el mundo: supera igualmente a la imaginación más perversa y cruel. Dice un refrán de mi tierra que a todo se acostumbra uno, incluso a estar colgado con una cuerda atada al cuello. Lo cierto es que el pueblo español, y sobre todo el de Madrid, se ha acostumbrado a vivir en el heroísmo, como hay otros pueblos que se acostumbran cada vez más a vivir en la cobardía.
Pero vuestra venida aquí —este simbólico acto de fe en nuestra victoria, esta alianza con el proletariado en armas— me parece, sobre todo en este momento, significativa desde otro punto de vista. Si nuestra lucha no fuese más que una lucha contra algo, si no fuese al mismo tiempo una lucha por más amor cada vez, por más justicia, por más libertad y más cultura como nuestros soldados la entienden, estaría perdida de antemano. La lucha por la cultura: eso es lo que nos reúne.
La lucha del pueblo español, repito, es la lucha de la vanguardia del proletariado mundial por la libertad, la justicia y la cultura. Ha habido momentos en que esa lucha parecía exasperada. En esos momentos me he acordado de aquella otra lucha que sostuvo una vez mi pueblo con el monarca más poderoso del mundo, aliado con la Iglesia omnipotente. Me he acordado del año 1572, cuando tan sólo dos de las siete provincias hacían resistencia al enemigo: el ejército estaba derrotado, y solamente el pueblo en armas defendía encarnizadamente las pocas ciudades que todavía eran libres.
Ningún río vuelve nunca a su manadero. El río de la evolución humana sale de las sangrientas tinieblas que los dictadores fascistas quisieran restablecer. ¡Gloria y victoria al noble pueblo de España que ha sido el primero en hacer saltar los diques que a esa corriente se oponían, salvando, con sus actos, a la Europa occidental, del pantano en que no pueden menos de ahogarse todos los gérmenes de cultura!