Cuando alguien me preguntó, hace ya muchos años, ¿piensa usted que el poeta debe escribir para el pueblo, o permanecer encerrado en su torre de marfil—era el tópico al uso de aquellos días—consagrado a una actividad aristocrática, en esferas de la cultura sólo accesibles a una minoría selecta?, yo contesté con estas palabras: «Escribir para el pueblo—decía mi maestro—¡qué más quisiera yo! Escribir para el pueblo es llamarse Cervantes, en España, Shakespeare, en Inglaterra, Tolstoi, en Rusia. Es el milagro de los genios de la palabra.»
Mi respuesta era la de un español consciente de su hispanidad, que sabe, que necesita saber cómo en España casi todo lo grande es obra del pueblo o para el pueblo, cómo en España lo esencialmente aristocrático, en cierto modo, es lo popular.
En los primeros meses de la guerra que hoy ensangrienta a España, yo escribí estas palabras que pretenden justificar mi fe democrática, mi creencia en la superioridad del pueblo sobre las clases privilegiadas:
"Después de puesta su vida
tantas veces por su ley
al tablero..."
¿Por qué recuerdo yo esta frase de don Jorge Manrique, siempre que veo los retratos de nuestros milicianos? Tal vez será porque estos hombres, no precisamente soldados, sino pueblo en armas, tienen en sus rostros el grave ceño y la expresión concentrada de quienes «ponen al tablero su vida por su ley», se juegan esa moneda única—si se pierde, no hay otra—por una causa hondamente sentida. La verdad es que todos estos milicianos parecen capitanes, tanto es el noble señorío de sus rostros.
Cuando una gran ciudad—como Madrid en estos días—vive una experiencia trágica, cambia totalmente de fisonomía, y en ella advertimos un extraño fenómeno: la súbita desaparición del señorito. Y no es que el señorito huya o se esconda, sino que desaparece—literalmente—, lo borra la tragedia humana, lo borra el hombre. La verdad es que no hay señoritos, sino más bien «señoritismo», una forma de hombría degradada.
El señoritismo ignora, se complace en ignorar la insuperable dignidad del hombre. El pueblo, en cambio, la conoce y la afirma, en ella tiene su cimiento más firme la ética popular. «Nadie es más que nadie» reza un adagio de Castilla. ¡Expresión perfecta de modestia y de orgullo! Sí, «nadie es más que nadie» porque a nadie le es dado aventajarse a todos.
Para nosotros, defender y difundir la cultura es una misma cosa: aumentar en el mundo el humano tesoro de conciencia vigilante. ¿Cómo? Despertando al dormido. La cultura ni proviene de energía que se degrada al propagarse, ni es caudal que se aminore al repartirse; su defensa obra será de actividad generosa que lleva implícitas las dos más hondas paradojas de la ética: sólo se pierde lo que se guarda, sólo se gana lo que se da.