Camaradas:
Damos término esta tarde a un Congreso de veras histórico, a una obra que será advertida mañana como de impar significado. Hombres de libro y meditación han acudido de todos los rumbos a decir una coincidencia esencial en ciudades agostadas por el sitio y deshechas por la metralla; cabezas de resonancia exclusiva, cabezas singulares, han venido a inclinarse ante una misma verdad; gentes que fundan su poder y su excelencia en el hallazgo de hondas particularidades, se han dado aquí las manos en el firme entendimiento de un caso de sentido universal.
Hace algunos años esto hubiera lucido categoría milagrosa. Ayer se llegaba a Roma por todos los caminos. Hoy todos los caminos conducen a Madrid. Y cuando los hombres de parajes diversos y de vidas distintas andan caminos que van hacia un mismo lugar, es que se trata del grave caso de su salvación. A Roma se iba, en efecto, a salvar el alma, peleada con el cuerpo, que es impulso de evasión. A Madrid se llega para salvar el cuerpo con alma, que es ímpetu de comunicación. Por eso para llegar hasta Roma precisaba una fe; para arribar a Madrid, una evidencia.
El hombre que viene a Madrid es dueño de una experiencia decisiva, madre de su evidencia y sustento de una fe explicada por los hechos. No es hombre de partido, sino de justicia. Viene a Madrid—a España—porque siente en sí mismo el caso español; porque ve en la obra de los sitiadores, de los opresores, un ademán contra el hombre; está con los sitiados heroicos de Madrid, con los defensores de España, porque ha descubierto que su batallar es un esfuerzo para realizar al hombre.
Los que sitian Madrid, los que—lo hemos visto—usan la noche para despedazar carnes inocentes, quieren el mantenimiento de diferencias injustas, de crueles opresiones. El mundo que quieren los sitiadores de Madrid es un mundo violentado y corroído de antemano por una pugna enconada entre los que oprimen y los que libertan. El mundo de Franco, de Mussolini y de Hitler lleva en su vientre, como el caballo de Troya, la querella, la guerra, es decir, la muerte.
Los hombres que han venido a este Congreso quieren un mundo a semejanza del que están construyendo, a duro precio de sangre, los defensores de Madrid, los representantes verdaderos de la España popular: un mundo de paz y de superación. Mundo de paz, porque en él no puede hallar puesto la ira que enciende el mando injusto. Y mundo de superación, porque en su seno puede darse el hombre por entero a la búsqueda de sí mismo y a la proyección libérrima de sus potencias.
Pueblo de los más valerosos y peleadores de la tierra, jamás ha acertado España a entender su coraje como una virtud utilitaria. Aquí jamás ha sido, aquí no será nunca la guerra, como en otras latitudes, negocio nacional. España—pueblo en armas—no es un cuartel, sino una escuela. En cada frente el maestro va del brazo del soldado, cuando éste no es también maestro.
Todos los hombres de sensibilidad y pensamiento, como lo sean de veras, han de estar junto a este espectáculo inesperado. Pero, digamos en seguida, que los hispanoamericanos lo estamos con un singular modo de adhesión. No hay que esforzarse demasiado para comprobarlo. Aparte el fortísimo vínculo sanguíneo y actuando sobre él, ha operado en esto el común impulso histórico. Sobre diferencias de raza y de geografía, primó en todo instante la común injusticia de una economía enfeudada. De un largo dolor, de una agonía de siglos y no de otra cosa, viene este entendimiento carnal de ahora.
¿Quién podrá entender mejor la razón del campesino de Andalucía que el indio de Bolivia? ¿Quién podrá saber de agresiones del poder económico mejor que el negro antillano? ¿Quién podrá sentir más de cerca la injuria de un pueblo ofendido y maltratado por castas reaccionarias que quien es maltratado y ofendido por tiranías torpes y crueles?
España, ya lo sabemos, es el destino del mundo, pero de modo más cercano, más preciso, más enérgico; es el destino de Hispano América. Por eso es una herida abierta en el costado más sensible de nuestros pueblos; por eso la adhesión hispanoamericana es de toda intensidad y de todo instante. Por eso Madrid ha venido a ser, sin literatura, la capital verdadera de nuestras patrias.