Pero además esta historia de España, tan rica en aportaciones a la mejor cultura universal, no es algo que pueda ser contemplado como un pasado muerto, como un ciclo cerrado, como una supervivencia arqueológica cubierta de musgo y erudición y recordada con vaga melancolía. La obra creadora de España en todos los órdenes de la cultura, rebosando sus estrechos límites geográficos, está hoy viva y latente, con amplias perspectivas para un futuro inmediato, en España y en América.
Ya en otras páginas de NUEVA CULTURA ha quedado debidamente subrayado lo que para los pueblos libres de América significa el triunfo o la derrota de la causa popular española.
Todos los valores espirituales más altos de los pueblos hispanoamericanos, sienten hoy firmemente arraigado en su ánimo el convencimiento de la vinculación estrecha, fatalmente inseparable, que une sus propias culturas nacionales con las tradiciones mejores de la vieja cultura española.
El resultado de nuestra guerra no puede ser mirado con indiferencia por nadie, dada la forzosa repercusión que en el porvenir político y social más inmediato del mundo civilizado ha de tener, inexorablemente, por el carácter de universalidad de los valores culturales que en la misma se ventilan. Pero menos que ningunos otros pueden sentirse ajenos a nuestra contienda los hombres libres de los pueblos hispanoamericanos, ya que el triunfo de los generales sublevados implicaría el hundimiento vertical y definitivo de la vieja cultura española, cuyos exponentes más elevados han de ser mirados por igual, como propios, por hismanoamericanos y españoles; el resurgimiento y perpetuación de viejos vicios, en trance de superación, que hubieron de dar pábulo en otros tiempos a la llamada leyenda negra española; la desnaturalización última de España como entidad histórica, que pasaría a ser de hecho territorio colonizable y colonizado por los subditos de Hitler y de Mussolini.
En cambio, la victoria de la causa popular habrá de representar la continuidad histórica de la auténtica personalidad española, con todos los poros muy abiertos a un porvenir de libertad política y de justicia social; la salvación y revalorización de nuestra cultura y el afianzamiento de los estrechos vínculos espirituales que nos ligan con todos los pueblos libres de la América hispánica.
El Sentido de Continuidad
No puede quedar truncada por que nuestra guerra, además, no es ya hoy una guerra puramente civil. Nuestro pueblo, al defender con las armas nuestra propia cultura, defiende la cultura de todos los pueblos, amenazada ferozmente por el fascismo internacional.
Frente a la amenaza que el fascismo significa, hubo de nacer en todos los pueblos libres con organización política de tipo democrático, la Asociación Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura.
Hoy esta amenaza ha cobrado en España una trágica realidad. En la deslealtad de unos generales traidores, en el egoísmo feroz de una aristocracia decadente propietaria de una gran parte del campo español dentro de una organización económica agraria de tipo feudal, en la codicia insaciable de una plutocracia nada inteligente, en el fanatismo torpe y rencoroso de una Iglesia militante desconocedora de sus deberes fundamentales y primarios, ha encontrado el fascismo internacional, acaudillado por Hitler y Mussolini, el terreno propicio para librar su gran batalla contra las democracias europeas y contra las justas reivindicaciones sociales del proletariado de todos los países.
Se ha dicho ya muchas veces, pero no importa repetirlo: la guerra que hoy sostenemos en España no es una guerra civil. Si nuestra guerra hubiera conservado las características aparentes que presentó en los primeros momentos, hace tiempo que hubiera terminado con el triunfo rotundo del pueblo español.
Sin armas, sin organización militar ninguna, con sólo su heroísmo y su entusiasmo, supo nuestro pueblo arrollar a los traidores en las ciudades más importantes, y llegar por tierras de Cataluña y Aragón a las puertas de Huesca y Zaragoza, y sitiar a los militares traidores en Oviedo y amenazar seriamente, por el Sur, a Córdoba y Granada.
Sólo cuando la intervención de Italia y Alemania se produce, cada vez con intensidad mayor, puede contenerse el empuje de las masas populares y se inician los grandes avances tácticos de rebeldes e invasores.
Nuestros soldados luchan hoy, no contra las huestes acaudilladas por unos generales facciosos, sino contra las fuerzas organizadas del fascismo europeo.
No es sólo la independencia política de España y la continuidad histórica de nuestra cultura nacional lo que en esta contienda se ventila. Habría de ser así y nadie podría negarnos títulos suficientes para recabar el apoyo de todos los hombres libres del mundo. Un país como España no puede ser sacrificado fríamente a la codicia del capitalismo internacional.
Pero la presa española, con ser tan estimada, no sería bastante a satisfacer la codicia insaciable del fascismo italiano y del nacionalsocialismo alemán. El sacrificio de España no constituiría en modo alguno una garantía en el pacífico disfrute de sus intereses nacionales, defendidos torpemente, con egoísmo cobarde, por las grandes democracias europeas.
Las nuevas trincheras hispánicas del fascismo servirían solamente como sólidos puntos de ataque para la lucha final y decisiva. El equilibrio político internacional sostenido a costa de claudicaciones tan vergonzosas sucumbiría irremediablemente.
Una vez más, en la historia, se están decidiendo en nuestro suelo los futuros destinos de la cultura universal. El pueblo español sabrá cumplir heroicamente con su deber sobrellevando todos los sacrificios.
Confiamos en que todos los hombres libres del mundo laborarán para que estos sacrificios no resulten estériles y abran para el porvenir de nuestra cultura nuevas rutas de paz.