← Volver a la Revista
Nueva Cultura · 1937

El II Congreso de Escritores para la Defensa de la Cultura

INTELIGENCIA DEL MUNDO CON ESPAÑA

↓ Descargar Copia Elegante (PDF)
Cartel del II Congreso 1937
"Y sus villas y sus tierras
ocupadas de tiranos
las halló;
mas por cercos y por guerras
y por fuerzas de sus manos
las cobró."
— Jorge Manrique

De un dramatismo angustioso es la historia de España. Asaltadas sus industriosas villas y ciudades por innumerables invasiones. Bandeadas sus costas por corsarios de todos los imperios, cuando, endémica ya, sólo le quedaba un soplo de su fuego interior. Presa disputada por tratados ominosos; sin embargo, España ha sido, cada vez más, España. Nuestro genio vivo y orgulloso de sí mismo, altivo, sólo emerge con potencia ostensible, ante el momento decisivo, cuando parece que, agotada toda posibilidad humana, la fatalidad toma de la mano nuestro destino. Y es que el juicio reflexivo, el pensar discreto, la lógica profunda, fracasan cuando sirven de instrumento para iniciar un análisis de algo sustancialmente español. Y en esto reside nuestra victoria, y en ello también se apoya la perennidad obcecada de nuestra existencia, más que como estado o cosa organizada, como categoría humana de entidad racial.

Decisivas, como la actual, han sido otras horas en la historia española; no obstante, esta verdad no ha trascendido de los contornos peninsulares, y nuestro gran secreto, la razón de que la máxima fortaleza acompaña al desesperado aislamiento, no ha sido aprehendida aún. No ha logrado caracteres de concepto que definan lo español, y aquí radica la causa de las invasiones y de las injerencias extrañas, que jamás han logrado los primeros propósitos que las impelían y sí han motivado, como introspección impuesta, un fortalecimiento de pasión y acción que determinaron, siempre que se produjeron, un sentido de madurez y optimismo tan profundo como callado en todo lo que pueda llamarse producción del espíritu popular hispánico.

España, en estas supremas horas, supremas para la civilización universal, y aún más que para ésta para la moral universal, se ha presentado con su verdad trágica ante la inteligencia de todos los países en el II Congreso Internacional de Escritores. Tanta sangre vertida, por la misma fuerza de esa sangre, el pueblo español se diviniza en su exaltación hacia la universalidad de su causa, y en ese tránsito ya sólo queda el hombre debatiéndose contra lo monstruoso. He aquí, pues, que se plantea la cuestión del hombre, de la moral humana amenazada de exclusión sobre la tierra. La adhesión y acción de los escritores internacionales a nuestra lucha y en la misma, no puede significar que existe una motivación de naturaleza política. Julien Benda lo ha expresado: «no se puede confundir —dice— la política; es decir, la sumisión a intereses bajamente egoístas, con la moral, es decir, la defensa de los valores más elevados, principalmente los de la justicia y los derechos del hombre.» ¿Acaso no es nuestra lucha una contienda política? Sí, lo es, en la acepción intrínseca y rigurosamente intelectual, nunca en un sentido bastardo, grosero y servil, y mucho menos utilitarista. Es un conflicto político, en cuyo seno se libra, en el interior de la conciencia de todo español, una política de salvación del hombre, del mismo modo como el pueblo francés, y al frente la municipalidad de París, salvó los derechos del hombre y al hombre mismo, oponiendo a las legiones extranjeras de ocupación e invasión, mandadas por el duque de Brunswick, las picas, los fusiles y la escarapela de las libertades francesas.

Hemos dicho que España se debate contra lo monstruoso. Lo monstruoso, no en su consideración elemental y de dimensiones colosales que sobrecojan, sino en su continua presencia, como negación total y perenne del derecho a existir, del ansia de definición que se la siente en toda manifestación popular de la vida española.

Este movimiento a-histórico, antihumano, o mejor dicho, esa presencia, sentimiento y decisión de estancamiento, o en todo caso crecimiento hacia dentro en la búsqueda de lo más primitivo y ancestral de los pueblos, que tiende a desatar la fuerza de expansión en el exterior, dominando, paralizando el continuo ascender de los demás, evitando que la humanidad rebrote en gérmenes y cogollos espléndidos, es un proceso que produce en lo nacional una voluntad coercitiva, que emana de los puntos álgidos en donde reside la dirección legislativa y, sobre todo, ejecutiva, sobre la «res» pública, sobre la administración y organización del Estado. Voluntad de coerción que para en seco la marcha del tiempo, voluntad de parálisis, de enfermedad y estancamiento desesperado.

La voluntad de lo monstruoso en lo europeo ha consistido en la asfixia del espíritu, representada por la coacción de lo absoluto, teoría y práctica de vida impuesta por toda suerte de obstáculos materiales, morales e intelectuales al pensamiento progresivo y revolucionario. En Europa esa presencia de que hablamos se manifestó con virulencia contra el emocionante descubrimiento renacentista de la vida, cuando el arte y la razón asoman al paisaje y al temblor biológico de la naturaleza. Pero en nuestro país, esa decisión de concebir la muerte por la vida es presencia y sentimiento de estancamiento. Y su aparición, como decisión de las más altas voluntades nacionales, adquiere el carácter de concepción del Estado y de la política nacional. Desde fines del 1400, cuando se inicia por los Reyes Católicos la expansión imperialista de España, la vida interior decrece, amenaza de extinción. Y la idea de suelo nacional pierde todo su contenido de receptor y aglutinante del alma y espíritu del pueblo, a medida que recorremos en el futuro los gobiernos de vena extranjera impuestos contra la voluntad popular, expresada trágicamente e intensas «jacqueries».

La voluntad y presencia de lo monstruoso pervive todavía como razón sustantiva de la tradición reaccionaria española, y es ella misma la que conserva los determinativos de la actual sublevación fascista, y con la que habremos de contar como elemento esencialísimo para la estimativa histórica, social y política de la actual guerra de independencia.

Esta línea de gobierno, desgobierno de lo español, adquiere continuidad y fortalecimiento durante todas las monarquías de los Austria. Mal recibida la política germánica, política también de invasión espiritual de España, la repudian con desdén las cortes de Valladolid y León, las ciudades castellanas y orientales, y luego todas las clases populares en la guerra de «Comunidades» y en las Germanías de Valencia y Mallorca. España, todo lo que significa de espíritu y materia netamente hispánico, se resiste y resiste contra lo que, originario de fuera, se le impone negándole el derecho a existir conforme a su racialidad y trayectorias históricas habituales. Todo lo contrario es cautiverio, más estrangulador cuando del espíritu se trata. Afirmación del no ser, del no existir de España, trabando ruda pelea con el ansia permanente del pueblo de elaborar su personalidad de rasgos acusados y tremendos. Lo monstruoso aquí consiste en eso. En el desgobierno de España y en su desintegración convertida en idea rectora de las políticas que siguen sobre una calzada uniforme desde las últimas horas medievales.

La unidad nacional de Fernando el Católico es, sí, unidad de la conciencia reaccionaria, apoyada en la inquisición y persecución del espíritu. Aquí es cuando comienza la desintegración de España, la des-españolización de España, cuyo espíritu, más español a más dispersión, se refugia y arraiga fuertemente, con selecto desdén de honda y apasionada aristocracia intelectual, en la literatura y en el arte. Nuestra picaresca es la única ocasión de la historia en que un pueblo, midiendo con fina inteligencia nacional el valor de la obra de arte, del verso y del pincel, agota su capacidad de ironía fina y aristocrática en sus invectivas contra una nobleza cuya estolidez despertaba la piadosa burla popular.

Mientras se realizaba el milagro de la españolización de nuestro arte, Felipe II y sus endémicos sucesores, cargados de ineptitud, seguían la obra ya comenzada. El diminuto ejército español arreciaba en su morbosa dominación de Europa y Ultramar, pero al propio tiempo el país languidecía de vida interior. Campiñas y ciudades se desguarnecían. Cuarenta mil españoles salían anualmente a tierras y mares donde su espíritu orease un aire fresco de libertad que ya faltó en la tumba española. Felipe y sus descendientes visten siempre de luto. Los ejércitos de los Alba, Farnesio, D. Juan de Austria y Osuna, imponen a pueblos libres del centro europeo, que ya han elegido su conciencia no católica, la voluntad estéril de la corte hispánica. El genio español, vivo e incansable, recorre y se difunde. Pero es el pueblo quien hace este milagro. Es España, que quiere sobrevivir y huye de su suelo, donde la muerte moral es un signo vivo. El Estado autocrático empobrece, y las emigraciones a tierras colombinas aumentan sin cesar. Y allí mismo gentes españolas, sin prejuicios de raza, se funden y funden su cultura y la gallardía de espíritu, con las razas, pueblos y culturas aborígenes. Esta es la verdadera expansión espiritual de España y su aportación a lo universal.

La marcha de la historia de España está impelida de pasión. Pasión es nuestro arte y pasión nuestra literatura. Apasionada también es nuestra vida social, y por eso, tanta pasión hay en nuestra ansia de definición y de existencia. Siglos enteros, generaciones desaparecidas, apasionadas de vida, bajo una voluntad de dispersión, de negación que nos desgobernaba. La cuestión está ahora colocada en su trance más angustioso. Por eso no es trágica, de manera absoluta, la realidad española del 18 de julio. Ella nos da, por primera vez en largos años históricos, la posibilidad puesta en genio, terquedad, pasión y aislamiento de que lo español se logre a sí mismo y realice su condición ecuménica, que es la presencia del hombre universal, retando a lo que no puede ser: a lo monstruoso en la historia.

Esta preciosa verdad, que es nuestra vida, por la que se debe dar la muerte accidental, ha sido descubierta por la horrible guerra. Así se ha vislumbrado en el Congreso, y ellos, inteligencia de todos los países, la han comprendido y admirado.

JUAN RENAU
Valencia, 25 de julio de 1937